Cuando el arte deja de ser expresión y se convierte en comunicación.

  



 
 El arte lo utilizamos muchas veces como un canal de expresión, una herramienta para exteriorizar lo que sentimos. Lo que nos suele resultar sano y liberador.


Cuando disfrutamos intensamente de esa expresión artística, llega un momento en que comenzamos a profesionalizar lo que hacemos y a mostrarlo a otros. Es entonces cuando ocurre un cambio: dejamos de expresarnos solo para nosotros mismos y nos abrimos a la mirada del otro.


En ese instante el arte deja de ser únicamente expresión y se convierte en comunicación. Ya no estamos solos en nuestra habitación: estamos en un escenario frente a muchas personas. Como artistas, necesitamos que nuestro mensaje sea recibido, valorado y respondido, para sentir que hemos completado el circuito comunicacional. Cuando el espectador se apropia de nuestro arte —de una canción, de una obra, una coreografía— comprendemos que ya no nos pertenece solo a nosotros, sino también a los demás. Y ahí surge la pregunta: ¿qué sucede cuando las canciones dejan de ser del artista y pasan a ser del público?



Eso fue lo que se vivió en el recital realizado el jueves 4 de septiembre en Studio Theater, “Homenaje a Cerati”. Allí nos encontramos con personas de todas las edades: niños, jóvenes, adultos y adultos mayores, todos cantando al unísono y con pasión cada una de sus canciones. Incluso en el escenario participaron artistas de distintas generaciones.


Fue esa diversidad lo que me llevó a preguntarme: ¿por qué tanta variedad de público? ¿Los niños estaban allí porque realmente querían, porque sus padres los llevaron o porque deseaban que a ellos también les guste esta música?


Me acerqué a conversar tanto con los adultos/así como con los niños/as. Las respuestas coincidían en algo: los adultos decían que estaban acompañados de los chicos porque la música de Cerati forma parte de nuestra cultura e identidad, y querían compartirles esa experiencia. “Que viva y sienta lo que siente la gente con alguien que ya no está y dejó una huella en el corazón”, me contó Belén, mamá de una niña.


También me decían que muchos de esos niños ya se sabían las canciones, que al escucharlas en cualquier lugar se detenían a cantarlas, y que esa música une generaciones porque se transmite de una a otra. Es el puente que conecta, acerca, a una persona de 78 años y a otra de 8. Y lo más hermoso fue escuchar a los propios niños decir que ellos también querían estar allí, que deseaban escuchar esas canciones y habitar el espacio del homenaje.


Todo esto se dio no solo por la fuerza de las letras, sino porque Gustavo Cerati supo convertir su arte en algo más que expresión: lo transformó en comunicación. Un verdadero artista no solo crea, sino que abre un canal vivo entre lo íntimo y lo colectivo, entre su propia sensibilidad y la experiencia de quienes lo escuchan. Esa es la potencia del arte: dejar de ser “mío” para ser “nuestro”.


Esa misma búsqueda se reflejó en los músicos que subieron al escenario aquella noche. Cada uno interpretó canciones de Cerati manteniendo la esencia de su obra, pero sin dejar de ser ellos mismos. Y esa autenticidad es la que, generación tras generación, mantiene viva la huella de un artista que eligió comunicarse con el mundo desde la música y el cuerpo, habitando el escenario con plenitud.


Reseña escrita por Mariana Macarlupú Peña. 18/09/25


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