Jesús María: crónica de una argentinidad al palo
Todos los años, el viernes inmediato a Reyes, da inicio el Festival de Doma y Folklore de Jesus Maria y la gente se organiza para poder estar presente, aunque sea una noche. Este año no fue la excepción. Fui como espectadora solo dos noches, pero no quería dejar de escribir sobre lo vivido porque realmente se sintió como la misma organización lo describió: “el cumpleaños más largo del mundo”.
La primera noche fui sola. Al principio me daba cierta inseguridad, porque no sabía si iba a poder sumarme a algún grupo; la mayoría de las personas va acompañada. Aun así, fui. Al comienzo sí estuve sola, pero cuando Los Tekis empezaron a tocar se armó un fiestón y, “sin querer queriendo”, terminé sumada a un grupo. Era grande, pero pocos se conocían entre sí: todos tenían alguien en común, pero se habían reunido ahí, en el festival. Había personas de distintos lugares de la provincia de Buenos Aires, de Córdoba e incluso de Italia.
En este festival te encontrás con toda la cultura argentina concentrada en un solo lugar, por lo que es ideal para que los extranjeros se vayan empapados de argentinidad. Está la jineteada; los productos artesanales —ropa, cuchillos, mates— que muestran la tradición gaucha; las comidas típicas y la música propia de nuestro país. Predomina el folklore, pero también hubo tango bailado en el escenario y cuarteto que, aunque a muchos no les guste, es parte de nuestro folklore, especialmente en Córdoba, provincia donde se desarrolla el festival.
Y a todo eso se suma algo muy nuestro: la socialización y la fiesta innata que tenemos los argentinos. Tan así que una noche conocías a alguien y a la siguiente lo veías dando vueltas por ahí, le gritabas un “eeeh” y lo saludabas con un abrazo, compartiendo como si lo conocieras de toda la vida.
Muchos dicen que no les gusta la doma y por eso no van al festival o llegan más tarde para evitar ese momento. Acá quiero hacer una aclaración desde lo que pude ver una de las noches en las que me senté frente a los corrales, simplemente porque era donde había lugar. Los caballos están muy bien tratados y cuidados; se nota el respeto con el que trabajan quienes están en el corral, preparando y llevando a los animales al palenque. No es que golpean al caballo y lo “despachan”. Son procesos que llevan tiempo, no se dan de la noche a la mañana. La doma es necesaria para muchas tareas del campo y también para actividades como la equinoterapia, entre otras, que solemos ver sin pensar en todo el proceso previo.
El momento de la doma muestra una tarea más que realizan los gauchos, al igual que cuando aparecen las tropillas entabladas o los números artísticos. Si bien es un momento que disfrutan gauchos y paisanas, no se vive desde la violencia ni desde el juego sin respeto hacia el animal. Es parte de la fiesta, atravesada por el respeto, el mismo que también se exige hacia las demás personas presentes.
Todos los años el festival es una fiesta, pero este año fue distinto: se sintió más fuerte. Todas las noches el anfiteatro estaba lleno de gente disfrutando y celebrando. Celebrando el ser argentino, el haber podido ir y estar ahí, compartiendo con familia, con amigos, retomando un ritual o convirtiéndolo en uno nuevo.
Este año el festival no solo te regalaba una noche completa de argentinidad y alegría con la que te ibas a tu casa feliz, sino que además te dejaba con ganas de más. Una noche no alcanzaba: sí o sí querías volver. Volver a seguir de fiesta, volver a encontrarte con las personas que habías conocido, volver a seguir empapándote de argentinidad, volver a recorrer y ver qué pasaba afuera del festival, porque toda la ciudad se prepara y recibe a los espectadores, no solo el anfiteatro.
Incluso las noches que, lamentablemente, se cancelaron, la fiesta se armó igual en las calles. La gente quería salir y encontrarse con otros para celebrar pese a la lluvia (seguramente muchos vieron los videos que se hicieron virales en redes, con personas jugando bajo el agua).
La verdad es que, para un festival de esta magnitud, la organización fue muy buena: súper prolija, todo fluyó. Los baños que utilicé estaban limpios, casi no había cola; los precios se habían publicado previamente para que uno ya supiera qué y cuánto pagar; y el ingreso al anfiteatro fue muy ágil. Se pudo observar un trabajo cuidadoso, claramente no organizado de la noche a la mañana, sino resultado de meses de producción.
Ya quiero la capacitación de producción de espectáculos de semejante magnitud brindada por la cooperativa del festival 😉.
Desde una mirada constructiva, hay algunos detalles que podrían seguir mejorándose. Uno de ellos tiene que ver con la información de evacuación en caso de emergencia. El video se proyecta, pero estaría bueno que se repita cada una o dos horas, ya que no todas las personas están presentes en ese momento y, entre charlas y movimiento, a veces la información no llega a todos. Por suerte no fue necesario utilizarla, y ojalá nunca lo sea, pero como prevención sería importante.
Otro punto a tener en cuenta es el acceso al agua. Si bien la comunicación del festival fue muy clara al incentivar a hidratarse, sería ideal que ese mensaje pueda acompañarse con dispensers de agua disponibles durante toda la noche. Al menos cuando fui a buscar, pasada la 1 de la mañana, no encontré en ningún sector ni pude obtener información al respecto, algo fundamental en eventos de esta magnitud.
En lo personal, quiero destacar algo que para mí fue muy significativo y donde más pude vivenciar ese “piripipí” que tenemos los argentinos: eso de no dejar a nadie solo. Un grupo que, sin conocerme, me integró. Me sentí como si los conociera de siempre. Conectamos desde otro lugar, distinto al que uno conecta habitualmente: conectamos en un clima de fiesta, atravesado por cosas muy argentinas. Creo que así se sienten los encuentros entre argentinos cuando uno lleva tiempo viviendo fuera del país.
Y es que en el festival es como si estuvieras de viaje en cualquier parte del mundo, porque te encontrás con gente de todos lados. Es un hermoso compartir de nuestra cultura, sin dejar de recibir otras culturas.
Estoy muy agradecida con cada persona de ese grupo, en especial con Romi, quien me agarró y me sumó a su ronda de baile. No fui la única a la que integraron, como tampoco fui la única que quiso sumarse. Muchas personas se fueron acercando en distintos momentos de la noche: bailaban un tema con nosotros y luego volvían a su grupo.
La verdad es que esa noche volví feliz por todo lo vivido: el festival, la propuesta en sí de la fiesta y el encuentro con estas personas. Me dieron ganas de seguir conociéndolos, de seguir compartiendo. Y aunque sé que, si no hubiera sido así, la hubiese pasado bien igual, lo cierto es que ellos hicieron que la experiencia fuera aún mejor.
Entre esa sensación, esas ganas de más y todo lo que propone el festival, muchos nos íbamos preguntando si al día siguiente volvíamos, llegando incluso a que algunos extranjeros cambiaran la fecha de sus pasajes de regreso para quedarse más noches.
Así cerramos esta edición del Festival de Jesús María: con ganas de más, felices, orgullosos de ser argentinos y con ansiedad por la próxima edición. Entre algunos decíamos que se necesitan más “Jesús María” durante el año, pero también entendíamos que esa dosis intensa que nos regalan en enero hay que saber hacerla rendir. Es justamente eso lo que nos permite llegar al próximo festival con todavía más ganas, expectativa y amor por esta fiesta.
Escrito por Mariana Macarlupú
Comunicadora y cronista cultural
Fotos de distintas personas de ese hermoso grupo que me acogió la noche de Los Tekis 😊🧡
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