Luciano Pereyra. El arte de hacer sentir a miles como uno solo
Era la primera vez que lo veía en vivo. No iba con expectativas —no porque no creyera que fuera mágico, sino porque me gusta dejarme sorprender desde el mínimo detalle hasta el último—. Ingresamos al Quality Arena de manera fluida, y una vez adentro, el espacio estaba repleto. Miles de personas esperaban ansiosas. Pasadas las 21 hs., Luciano apareció en escena, y desde el primer momento, nos invitó a transitar distintas emociones.
El público estaba profundamente conectado: nos poníamos de pie, cantábamos, bailábamos, reíamos y hasta nos emocionábamos al unísono. Luciano iba llevando el show con naturalidad, alternando momentos de energía y alegría con otros de intimidad y emoción. Su propuesta fue un viaje por distintos ritmos y climas, manteniendo siempre la atención y la emoción del público.
Hubo instantes realmente conmovedores. Él mismo se emocionó sobre el escenario, y cuando las lágrimas le ganaron, el público lo abrazó con un aplauso cálido y sostenido. Fue un gesto de comunión. Porque el arte, una vez más, demuestra su poder transformador: moviliza, emociona y nos une.
Uno de los momentos más especiales llegó con la canción “Mi primer amor”. Antes de cantarla, Luciano se detuvo a hablar con tres personas del público: les preguntó sus nombres y con quién habían ido, todos nos sentimos representados, porque se dio el tiempo de conocer a su público en medio del show.. Lo significativo fue que no eligió a los de las primeras filas, sino a quienes podía divisar más lejos, demostrando que su mirada abarcaba a todos.
Más tarde, en el bloque romántico, insistió con que “chapemos”. Lo dijo entre risas, jugando con el público, y en un momento, mientras cantaba, señaló a alguien y le pidió que le diera un beso a la persona con la que estaba. Cuando lo hicieron, él festejó desde el escenario. Fue una escena de alegría compartida, espontánea, donde el artista y su público se volvieron cómplices.
También hubo momentos de profunda conexión emocional. En un instante íntimo, nos pidió tomar la mano de quien nos había acompañado, pensar en ese momento en que nosotros mismos habíamos necesitado una mano y alguien nos la había dado, y luego pensar a esa persona que hoy podría necesitarla. Con su guitarra y su voz, nos acompañó en ese viaje interno. Fue un momento lleno de presencia, un instante donde todos estábamos conectados entre nosotros y con él.
Después, volvió la alegría, el baile, las risas. Porque así es su arte: un vaivén entre emoción y celebración, entre lo íntimo y lo colectivo.
El público se fue feliz, con la sensación de haber vivido algo más que un recital.
Luciano Pereyra no solo canta: comunica. Usa todos los canales de expresión posibles (la voz, el cuerpo, la palabra, el gesto, la emoción) para que cada persona, incluso la que estaba en la última fila, se sienta parte. Su humanidad y su humildad atraviesan el escenario y llegan a cada rincón.


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